Acompañar no es fácil: la otra batalla del cáncer que vive la familia
El diagnóstico de cáncer no solo afecta al cuerpo. Impacta en las emociones, la vida cotidiana y los vínculos. En este proceso, el rol de la familia se convierte en una pieza clave del tratamiento. Así lo explica la psicooncóloga Antonela Álvarez quien trabaja codo a codo con pacientes oncológicos y sus seres queridos en Mar del Plata. “Es un gran camino en equipo, el paciente tiene que tener su equipo médico y no solo es el oncólogo, es el psicólogo, es el psiquiatra, es el paliativista y el médico de cabecera”, afirma.
En estos momentos críticos, la psicooncología aparece como una herramienta vital. No se trata de obligar a hablar, sino de abrir un espacio de escucha y contención. El apoyo psicológico está siempre disponible, pero solo si el paciente lo desea. Imponerlo no tiene sentido. “Hay pacientes que lo requieren y paciente que no, cada paciente es un mundo, hay pacientes que lo toman con muchísima positividad que se le va la vida y hay pacientes que se deprimen y se frustran”, suma la especialista.
Aunque el foco suele centrarse en el paciente, los familiares atraviesan una experiencia profundamente desafiante, muchas veces en silencio. La carga emocional, física y mental que implica cuidar, acompañar, sostener y tomar decisiones convierte a los cuidadores en protagonistas de una lucha paralela. Acompañar a alguien con cáncer exige una dosis extraordinaria de paciencia y empatía. Y para eso, también se necesita ayuda. Ir al psicólogo no es un signo de debilidad, sino una forma de cuidar al que cuida. “Es fundamental hablar y que todos estén informados. Que todos sepan lo que va a pasar y que se armen esta red de contención, porque es un tratamiento que lleva mucho tiempo y es un proceso largo”, detalla.
Entender los efectos reales de los tratamientos también es parte de este acompañamiento. Los cambios físicos visibles, como la caída del cabello, son sólo una parte del cuadro. Dolores intensos en las extremidades, pérdida de fuerza y movilidad, problemas para alimentarse o simplemente abotonarse una camisa, son parte de la rutina diaria de muchos pacientes.
La forma en que cada paciente afronta la enfermedad es única: algunos se refugian en la tristeza, otros cultivan un optimismo inquebrantable, y muchos se vuelven más dependientes de sus seres queridos. Sin embargo, un factor que consistentemente marca una diferencia abismal es la presencia de una red de contención sólida. Esto es particularmente evidente en pacientes de edad avanzada que, en ocasiones, enfrentan el tratamiento en soledad. La falta de apoyo para tareas aparentemente sencillas, como gestionar turnos médicos, desplazarse para estudios o incluso moverse dentro del hogar cuando la debilidad física es extrema (con pérdidas significativas de peso y energía), puede volverse una barrera insuperable.
La asistencia en las tareas cotidianas desde la preparación de alimentos y la ayuda con las comidas, hasta la gestión de medicamentos y las compras no es un lujo, sino una necesidad vital. En un estado de vulnerabilidad extrema, la presencia de alguien que brinde soporte en estas áreas básicas de la vida diaria puede significar la diferencia entre la capacidad de continuar el tratamiento y la imposibilidad de hacerlo. En definitiva, la contención emocional y práctica es tan crucial como el tratamiento médico para transitar el laberinto del cáncer con dignidad y resiliencia.