Cuando el amor sostiene más allá del dolor
Acompañar a un ser querido con cáncer es una experiencia que transforma para siempre. Una mujer recuerda los cinco años que atravesó junto a su madre, diagnosticada con un cáncer de mama muy avanzado. “El tumor era grande y había llegado al ganglio centinela. Nos dijeron que le quedaban entre 6 y 8 meses, pero vivió cinco años. Fue un milagro”, cuenta.

El pueblo donde vivían no contaba con oncólogos, por lo que los viajes de más de 300 kilómetros se volvieron parte de la rutina familiar. La hija, que trabajaba en una obra social, se convirtió en la principal sostén del proceso: gestionaba turnos, entendía los tratamientos y acompañaba cada etapa, ocultando muchas veces el dolor para no preocupar a sus padres.“En esos momentos se cambian los roles. Después de que tus papás te enseñaron a caminar, a hablar, a cuidarte, nos toca a nosotros hacer lo mismo: bañarla, ayudarla a caminar, devolverle algo de todo lo que nos dio”.Los últimos años estuvieron marcados por el cariño y los gestos simples: abrazos, besos, compañía. “Uno no se da cuenta de que no los va a tener más hasta que ya no están. Por eso le di todo el amor posible, todos los días”.